He sentido la necesidad irrefrenable de decirle a alguien el vacío existencial que siento en estos momentos. ¿Y a quién se lo voy a decir si no es a ti? Lo se, siempre te escribo cuando estoy triste, o tengo algún problema... Pero cuando soy feliz, no se escribir. Soy incapaz, creo que es por que no me hace falta imaginarme escenas, porque no encuentro palabras para describir lo que realmente siento. Cuando estoy triste, o frustrada, o simplemente neutra, se me hace tan fácil describir lo que no tengo...
Lo que te iba diciendo. Hoy, me he cuestionado, estudiando la filosofía de Platón con la intención de presentarme a una recuperación buscando subir nota y sacar más de un 7 (cosa que veo un poquito difícil en mi caso, pero bueno), qué hago estudiando. Por qué estoy metida en un antro siete horas seguidas, apagando mi capacidad emotiva. Me he dicho ¿Para qué estudiar? He decidido ignorar este sentimiento, y seguir a la mía, estudiando, centrada, bueno, como yo me centro para estudiar, con música y dando vueltas con la silla de estudio.
Sin embargo, por la noche, ha salido una noticia de un chico que ha promocionado un libro que ha editado él mismo, y los pensamientos me han vuelto, al tiempo que he sentido una terrible envidia, machacadora, que me ha dejado temblando, por ver frente a mí un sueño propio cumplido en las carnes de otro. Por ver en sus ojos una felicidad que quiero para mí. La felicidad de haber creado un mundo y tener la oportunidad de compartirlo con todos. Entonces, he pensado, ¿De qué me sirve estudiar? Si lo que yo quiero es escribir libros, narrar mil historias que haya sido capaz de parir fruto del amor al arte, a la lectura. He aventurado más allá, y me he imaginado tocando el piano, o la guitarra, o el saxofón, y me he dicho que quiero tocar música, fabricar con mi boca y mis dedos sonoros sentimientos que llegasen a los oídos y los corazones de la gente. Y mientras seguía pensando, un teatro, y música, han entrado en mi mente. ¿Por qué no? También quisiera ser bailarina. Subirme a un escenario, yo sola, para que me admirase todo el patio de butacas, me elogiase, o quizá con alguien más. Y moverme, suavemente, como una mariposa, como una dulce flor mecida por una suave brisa, al son de una música aleatoria. Decir con mis movimientos todo lo que tendría que callar por ser meramente baile. ¿Meramente? ¡¡Crearía un lenguaje corporal que excitaría a cualquier ser viviente!! He concluido en mi mente: ¡¡¡Quiero ser artista!!!
Pero mientras recogía la mesa, la cruel realidad ha venido a mi mente. ¿Bailarina? No podría, no tengo el cuerpo, la salud física, las bases como para llegar a algo importante, como para conseguir vivir de ello. Hay que tener suerte para colocarse bien, y yo, ya sabes que nunca tuve suerte en esas cosas, que suelo pasar desapercibida. ¿Música? Imposible, la carencia de oído, de posibilidad de encontrar los tempos, o el sentido a estos, además de la torpeza de unos dedos que tan solo son capaces de moverse raudos ante un teclado, hacen que mi carrera musical se estrelle en una banda de bodas, o se estanque en la categoría de hobby. ¿Escritora? Quizá eso sea lo único que me acerque al mundo artístico y que yo acogería con gran pasión y ansia. Es lo único de lo que me veo capaz de vivir, de unir palabras, crear una sintaxis propia. Enlazar historias, oraciones sin sentido que las formen, extrapolar mis pensamientos a unos trazos que denominamos letras, entendibles para la mente humana, que las codifica y les da significado. Y sin embargo, esa posibilidad, tan amplia, tan efímera, tan especial, se achica con el paso del tiempo, pues este mismo está centrado en meter en mi cabeza informaciones sobre temas que en absoluto contienen algún significado realmente importante para mí.
Historia, Castellano, Filosofía... en última instancia también son palabras que a sus espaldas llevan un mensaje que mi mente (ahora soñadora, desvanecida) es incapaz de comprender, almacenar. No puedo dedicarle tiempo a potenciar una, quizá, habilidad que bien desarrollada me haría vivir feliz el resto de mi vida, puesto que estoy ocupada estudiando bioelementos, biomoléculas, derivadas, ecuaciones de velocidad, elementos relacionados con la ciencia. ¡Si ni siquiera se realmente qué es lo que me gusta de este ámbito! Me encaminé hacia las ciencias porque era el camino que aprendí que era el correcto, el que tenía futuro, el que me daría de comer algún día, cuando las cosas se pusiesen feas. Me enseñé a que me gustasen, a apasionarme con cosas pequeñas, con el mecanismo de estas. Me maravillo cuando entiendo lo que significan los procesos que propician la vida, cuan pequeños son y a la par cuan imprescindibles. Y sin embargo, a cuatro meses de tomar la decisión final que condicionará mis futuros (espero que más de) 70 años, descubro que quiero ser artista, abandonar las ciencias, las letras, y todo aquello que tenga que ver con aprender, para dejarme llevar. Que quiero conocer también el funcionamiento de las personas, las personalidades. ¡¡Quizá pueda ser psicóloga!! Las psicólogas escriben mucho, quizá tenga tiempo.
A pesar de todo esto, Ana, ambas sabemos que cuando llegue el selectivo y tenga que elegir los grados que quiero cursar, en primer lugar pondré medicina, y en segundo bioquímica. Porque he aprendido que así es. Y me resignaré a pensar que de mayor tendré tiempo para escribir. El mismo tiempo que mis padres tienen para sus cosas. Es decir, abandonaré mi sueño de escribir para ser lo que todos esperan. Por que la vida es así.
Ana, no quiero estudiar. Aunque se me de bien.
Quiero ser feliz, muy feliz.
Quiero escribir.
Quiero huir.