lunes, 25 de febrero de 2013

Querida Ana:

he querido mantenerme alejada de ti el máximo tiempo posible, intentando ser feliz, intentando que la vida no me consumiera las ganas de volar. Pero hay noches de flaqueza en las que los buenos propósitos se marchitan, y las malas compañías se hacen deliciosas. No te lo tomes a mal, pero entiende que quiera mantener mi vida tan viva que no tenga tiempo de hablarte.

Y sin embargo, aquí estoy.

Los años pasan, pero los problemas son los mismos. A veces creo que voy a despegar, y entonces mis alas arden. Y es estúpido pensar que un esqueleto carbonizado de sueños y amor puede despegar un cuerpo pesado de la superficie. Así estoy yo. No dejo de aletear, y sólo dejo un rastro de negras cenizas en el recorrido de mis alas. Y no me queda más que sonreír y aletear. Porque llorar es para superficiales. El verdadero dolor es el que se lleva dentro y te consume, te devora, te rompe en pedazos que cortan tú alma y la dejan desangrarse mientras parece que te ríes de alguna broma. Somos tan ignorantes pensando que la vida es un baile. Lo que es en realidad es el dolor que queda después de bailar durante horas. Pero seguimos peleando, para poder morir con alguien, en una casa que no nos pertenece, en una cama que no es cómoda,...

La soledad es la única compañera fiel en este viaje entre brasas. La única que no grita de dolor cuando me quemo por las llamas de mis monstruos, o la vida me rompe un pulmón. Se aferra a mi con sus frías garras, y con voz seductora me dice que la lleve conmigo. Soy de alma tan débil y pobre que no se decirle que no.

A lo mejor soy yo, que busco la magia que ya no existe. Que sólo considero adecuado para mi la poesía de unos ojos que pasaron de moda con la muerte de Julieta. Que romántica crueldad en la imposibilidad del amor. Ni quiero ni dejo de querer. Parece que la vida pasa en un suspiro cuando no se tiene en quién pensar. La mente vacía vaga solitaria por la llanura de las posibles historias, y mientras tanto mi piel pasa a formar nuevas carreteras en mis ojos y mi boca. Y si ya la soledad vivía enamorada de mi cuando aún habían rosas en mis mejillas, ahora que serán tupidos matojos de zarzas, quizá un aventurero solitario se juegue la vida en mis montes.

Quién sabe lo que es la vida, más allá de sufrir por terminar? Ana, no quiero un mundo sin magia. Pero creo que llego tarde.

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