Querida Ana:
Anoche hablé con la abuelita. La llamé, me apetecía hablar con ella. Hacía mucho que no la veía. Al llamarla, ella vino a mí como si supiese que la iba a llamar, me sentí reconfortada. La miré de arriba a bajo, analizándola. Llevaba el pelo cardado, rubio, como siempre lo solía llevar. No iba en silla de ruedas, sus piernas adquirían el tono carnoso que todos tienen, y no aquel tono negruzco que las varices le ocasionaban. Estaba más sana que la última vez que la vi, postrada en la cama. ¡Que alegre la vi!
En sus ojos se reflejaba un brillo natural, vital, especial, que hacía sentirme mejor, me tranquilizaba. Le acaricié la cara y le di un beso en la mejilla, tan inocente como los que le daba la última vez que la vi. Repito de nuevo, postrada en la cama. Ella abrió los brazos y me acogió en ellos. Fue como ser de nuevo una niña. La echaba de menos. Me cogió de la mano, y me llevó a su despensa. Quería que cogiese merienda... ¡Y qué de cosas buenas había en aquella despensa! Meterme era como volver atrás en el tiempo. Respié el aire envejecido de aquella despensa y acaricié las grietas de la puerta. Notaba en mi espalda su mirada fija, y sabía que sonreía.
Fuimos al salón, y ella se sentó en su mecedora. Yo en aquel sofá en el que tantas veces saltamos, reimos, fuimos niñas. Metí las piernas bajo la mesa, donde tenía esa típica estufa que tienen todas las señoras mayores. El calor era mucho más reconfortante que el de los radiadores de mi casa.
Le pregunté por su nueva vida, pero ella no hablaba. Negaba con la cabeza y la movía indicándome que yo hablase. Y hablé.
Miraba al cielo estrellado, al punto de luz más brillante de todos. Quería asegurarme de que seguía escuchándome.
Hacía tiempo que no rezaba, ¿sabes Ana? Yo se que tú lo haces todos los días. Y se que hablas con los abuelitos constantemente. Lo se, porque te lo veo en la cara, en el semblante sereno, en el rostro conforme. Ella te cuenta cómo es todo aquello. Y yo solo hablé, no tuve ocasión de escuchar, pero aún así fue reconfortante.
¿Sabes qué es lo más curioso? Cuando hablaba y necesitaba una respuesta, miraba a la estrella y una corriente de aire me acariciaba la cara, el cuello, mecía mi pelo y hacía que este me hiciese cosquillas en la nariz. Como ella hacía conmigo de pequeña. Se que el abuelito está con ella, pero está muy ocupado para hablar.
Le mandé recuerdos vuestros, aunque se que hablarás con ella esta noche. Yo me quedé sin fuerzas.
Ojalá allá donde esté haya correo. Me gustaría mandarle una carta. Igual, cuando yo suba, puede hacerme un hueco con ella, o por lo menos guardarle un sitio cómodo para mi mamá.
Se me hizo muy dificil su marcha, pero quedé a gusto por que supe que tras tantos años de sufrir porque el abuelito se había ido de casa, ella por fin lo había encontrado, y se había ido a vivir con él. Mis padres me dijeron que no la volvería a ver. Pero yo estoy buscando su dirección en las guías telefónicas. Es extraño, nunca encuentro su nombre, y llevo ya siete años buscándola. Se que la encontraré, está escondida, en alguna parte. Seguro que está jugando conmigo al escondite.. ¿Me ayudarás a encontrarla, Ana? Sí, seguro que sí, tú también la querías mucho.
martes, 29 de diciembre de 2009
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